Revista web de crítica literaria
| MEDICAL PET, de Marcos Arcaya |
| Escrito por Carlos Labbé | ||||||||||||||||||||||||
| martes, 31 de agosto de 2010 | ||||||||||||||||||||||||
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UN ACCIDENTE EN EL TÚNEL DE CARNE
¿Qué significa Medical pet? Los títulos de nuestra poesía se debaten entre el uso de la huidobriana frase imposible –el viaje cubista y caligramático de Altazor– y la paráfrasis de raíz barroca –la ubicuidad de L. Iluminada en Lumpérica–, mientras el poemario de Arcaya quiere atravesar estas tradiciones –«y no diré la mEDICAl pEt», responde por anticipado– hacia esa contradicción mistraliana que declara desde la oralidad alguna vez insolente de Parra: «acaríciame el hoyo por dentro». Aunque de carne, los túneles deben tener alguna salida, y quien lee a través de ellos para resguardarse de que en la ciudad todo parezca significativo o nada lo sea encuentra descanso en la fugacidad de una frase explícita, que dejará de significar en cuanto el dedo, el cuerpo, la subjetividad del otro ingrese en su propia experiencia literaria. ¿Se puede tocar un hoyo por fuera? ¿Qué es un hoyo, si no la posibilidad de un interior? El ano, el ojo, el oído, el ombligo, la vagina, la fosa nasal, la fosa, la propia fosa sólo puede tocarse cuidadosamente, como en una caricia, de otra manera Alicia caerá dentro: cuando se duerme aburrida después de almuerzo en verano, acalorada, bajo el árbol, es una mujer inminente en la mirada del adulto que la observa desde lejos y a través de un cuerpo con hoyos –la máquina fotográfica de Carroll–, atravesado por discursos y necesidades y anhelos, con entradas y salidas bien delimitadas, controladas, clausuradas, desiertas a menos que el lenguaje verbal pueda perforarlo de vuelta con expresiones que lo abran hacia tantos lugares nuevos a la vez: «tuve la curiosa experiencia de ser todos los hombres». Y ese es el cariño medicinal, la medical pet. La literatura en este poemario –entonces los sentidos del título de este libro también se despliegan– cambia y se hace el remedio favorito de los jóvenes; el libro se transforma en el hospital donde van a dar quienes están enfermos de ver los comerciales y de oír los avisos y de usar marcas en el cuerpo; la voz poética se convierte en la mascota terapéutica del lector, el recipiente para la eyaculación del amante, el cuerpo –de Jesús, de una vaca– del que todos comen. Son construcciones literarias que han perdido el relato de su cotidianidad, que se aislaron de una narrativa y sin embargo persisten en su deseo de ir más allá de la página hasta el que lo lea, de traspasar el blanco del papel con la experiencia de quien recorre una ciudad donde le dicen que vea negocios, edificios, casas, calles y autos, no obstante lo cual «en todas las olas [observa] colillas flotando», «malezas rojas», «un azul de pasto» y «verde petróleo», más la nieve envenenada del cómic de Oesterheld y la retórica de Juan Evangelista, una frase sobre el sufrimiento que de tantas veces repetida sobre fondo negro pierde toda significación como un cuadrado blanco vacío en una página blanca, así como la necesidad de amor –avergonzada de su puerilidad– se disfraza de pornografía y el topónimo acogedor del barrio sórdido, pobre y seco de Alto Hospicio termina en la confesión sincera con que empiezan los libros iluminados, «yo soñé lo indecible», y con que termina lo que no está escrito: «repetición/ de muerte».
Medical pet. Marcos Arcaya Pizarro. Catafixia Editorial. Ciudad de Guatemala, 2010.
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