Revista web de crítica literaria
| PAPELES MURALES Y TAPICES, de Gustavo Barrera y Enrique Flores |
| Escrito por Carlos Labbé | |||||||||||||||
| lunes, 16 de febrero de 2009 | |||||||||||||||
|
MI TINTA, MIS PAREDES
Algunos historiadores imaginan que una comparación entre la lectura antigua y la lectura moderna –entre una manera de leer grupal, dirigida, en voz alta, y otra silenciosa, solitaria, a conciencia– puede narrar efectivamente cómo las nociones colectivas se perdieron en beneficio de la persona, cómo el individuo nació en el dormitorio y frente el espejo, solo. Si el trabajo manual de los antiguos hacía que un lector se ensuciara con su libro único, que fuera descuadernándose junto a esa novela rara y se resquebrajara y se hiciera finalmente ilegible para otro; si el proceso industrial moderno quiso un lector higiénico, portátil, intercambiable y prescindible, ¿cómo leeremos ahora, cuando el papel se acabe sin que nos demos cuenta, ocupados por las últimas luces de la entretención electrónica? Figurémonos que el doctor Nicolai Tesla –austrohúngaro y norteamericano que en 1881 inventó la corriente eléctrica alterna– acostumbraba leer libros técnicos, sumarios pulcramente cosidos cuyo índice, capítulos y láminas lo guiaban en la adquisición metódica de conocimientos sobre determinada técnica. Pero el doctor Tesla trabajaba con electricidad, de modo que los chispazos de su oficio le causaron trastornos a la vista y, cada vez que se concentraba a la luz de las velas para leer otros libros –Moby Dick, Las ilusiones perdidas, Resurrección–, veía entre los caracteres insólitas figuras brillantes que consideraba parte de esa escritura. Tesla dejaba así de leer como sus contemporáneos, sus ojos como su conciencia se apartaba de la lectura dirigida para reescribir sus novelas con los defectos de su cuerpo. Gustavo Barrera y Enrique Flores ilustran la posibilidad de esa lectura reciente al querer transmitir el efecto de un libro que está siendo escrito por quien lo lee. Si Nicolai Tesla anotaba su diario cada mañana antes de salir a trabajar y en la noche, con la vista dañada por sus experimentos, volvía a leer sus páginas para agregar al margen ciertos comentarios que el azul de la electricidad le mostraba desde el interior de los ojos entre los párrafos, quizá llegó a sentir que el texto no estaba sobre papel, sino que las palabras se corregían solas, se borraban y copiaban y se trasladaban. Y en esa pantalla se proyectarían dibujos, tachaduras, palabras de todos los tamaños, recortes, transparencias y la imagen de un arcoíris que sobresale desde las casas en pleno invierno, porque para Barrera y Flores el individuo contemporáneo –ya no lector, cliente ni cifra estadística solamente– vive en una abstracción; no sabe qué es su cuerpo ni cuál su casa, y en ese trance empapela sus paredes con una infinitud de signos de luz igual que el místico barroco no encontraba sino expresiones de Dios en cada uno de sus versos y Borges tenía que escapar de los espejos porque sólo le mostraban su figura deformada en textos de otras épocas.
Papeles murales y tapices. Gustavo Barrera y Enrique Flores. Ripio Ediciones. Santiago, 2007.
Powered by !JoomlaComment 3.26
3.26 Copyright (C) 2008 Compojoom.com / Copyright (C) 2007 Alain Georgette / Copyright (C) 2006 Frantisek Hliva. All rights reserved." |
|||||||||||||||
| < Anterior | Siguiente > |
|---|