Revista web de crítica literaria
| SALE EL ESPECTRO, de Philip Roth |
| Escrito por Luis Valenzuela Prado | ||||||
| sábado, 14 de junio de 2008 | ||||||
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DE LITERATURA Y POLÍTICA
Nathan Zuckerman, escritor de origen judío, es el álter ego de Roth que aparece en novelas como El escritor fantasma y Me casé con un comunista. En Sale el espectro Zuckerman, de cierta forma, vuelve al mundo: “había dejado de habitar no solo el gran mundo, sino también el momento presente”. Será un escritor que se alejó de todo por once años, en una casa con poca gente a su alrededor. Por cierto, un año antes de este regreso fallece su amigo y vecino Larry Hollis, personaje preocupado de Zuckerman a tal punto que le regala gatos para disimular esa soledad. Hollis le escribe una carta: “Nathan, muchacho, no me gusta abandonarte así, no puedes estar solo en el ancho mundo. No puedes vivir sin contacto con nadie”. Luego Zuckerman dirá: “El camino de Larry para acceder al poder era tener la aquiescencia de todas las personas a las que amaba; el mío consistía en no tener a nadie en mi vida”. El personaje Larry Hollis sirve, en las primeras páginas, para que Zuckerman lance sus primeras ideas sobre soledad y escritura: “Me hacía preguntas implacables sobre la escritura y no se contentaba hasta que se las había respondido a su satisfacción. ‘¿De dónde sacas las ideas?’ ‘¿Cómo sabes si una idea es buena o mala?’ ‘Cómo sabes cuándo has de emplear un diálogo y cuándo debes narrar sin recurrir al diálogo’ ‘¿Cómo sabes que un libro está terminado?’ ‘Cómo seleccionas la primera frase’ ‘¿Cómo seleccionas el título?’ ‘Cómo seleccionas la última frase”. De esta forma, a partir de esas primeras páginas sale el espectro a escena, sale el escritor para instalarse en la gran ciudad para tratarse un problema de incontinencia. En sí, Zuckerman experimenta lo que, como se deja ver en la novela, debió sentir el Rip Van Winkle de Irving, quien tras dormir veinte años bajó de las montañas y regresó a su pueblo creyendo que no había pasado más que una noche fuera. Luego notó su larga barba y se enteró de que no era un “súbito colonial de la Corona británica, sino un ciudadano de Estados Unidos”. Abandonando su soledad, Zuckerman encuentra un aviso en el diario. Dos escritores (Jamie Logan y Billy Davidoff) ofrecen intercambiar por una temporada su departamento en la ciudad por otro alejado de ésta. Jamie dice: “Nosotros nos marchamos porque no quiero que acaben conmigo en nombre de Alá”, para luego, con lágrimas en los ojos, continuar: “¡El mundo es tan sombrío…!”. Ellos quieren salir del centro y Zuckerman quiere volver a él: “Estar al día siguiente en Nueva York resultaba algo terrible, una multitud de gente enfurecida que iba de un lado a otro con aspecto sombrío e incrédulo”. Por su parte, Jamie representa su estado y relación con su mundo en 2004 de la siguiente forma: “No es Al Qaeda lo que me asusta: es mi propio gobierno”. Y Billy complementa: “—¿Quieres saber cuál será la siguiente guerra inmunda? —le decía Billy a alguien—. Necesitan una victoria. Necesitan una victoria limpia y sin una ocupación complicada. Bueno, pues se encuentra a ciento cincuenta kilómetros de la costa de Florida. Relacionarán a Castro con Al Qaeda y declararán la guerra a Cuba […] Ni siquiera necesitan a Al Qaeda. Están resueltos a que haya más violencia…”. Quedan en evidencia ideas políticas y críticas al sistema a partir de los discursos de cada personaje y del entorno que los rodea, tal como sucede en Me casé con un comunista durante los años de persecución de los comunistas en Estados Unidos. En paralelo aparece Kliman, el tipo molestoso que está escribiendo una biografía de E. I. Lonoff. Antes, Zuckerman se cruza con Amy Bellete, mujer de Lonoff, a quienes conoció justamente en 1956. Tanto en el trato con Amy como con Kliman podemos conocer a Zuckerman. Con la primera es cordial y muestra su calidad de sujeto interesado por los demás. No obstante, con Kliman surge un iracundo personaje: “—Voy a hacer cuanto pueda por sabotearte —le dije—. Voy a hacer cuanto pueda para que jamás en parte ninguna aparezca un libro tuyo sobre Lonoff. Ni libro ni artículo, nada. Ni una palabra, Kliman. No conozco el gran secreto”. Claro, es un intento por mantener en un estado intocable –debido a su admiración– la figura de Lonoff, quien “prefería convertirse en un hombre americano que hablaba el inglés americano que un hombre judío palestino que hablaba hebreo”. Zuckerman sabe del incesto de Lonoff y de su relación con Ammy, por eso no acepta que Kliman publique esa biografía. Tal como conocemos a Zuckerman a partir de los personajes que lo rodean, también lo conocemos en su propio discurso, evidenciado ya en las líneas sobre su soledad o su escritura, cuando describe su estado de salud como muestra del desgaste que experimenta: “El instrumento de procreación otrora rígido era ahora el extremo de una cañería que ves sobresalir de la tierra en algún campo, un insignificante trozo de cañería que gotea y chorrea en forma intermitente”. Se puede afirmar que la representación del mundo –de Estados Unidos– hecha por Roth funciona a partir de la estructura que logra construir con los personajes que rodean al protagonista y con el discurso que éste despliega. Roth dota a cada personaje de un perfil sólido —un discurso— que permite el desempeño de la máquina-novela. Si eso es malo o bueno, depende del lector.
Sale el espectro. Philip Roth. Editorial Mondadori. Barcelona, 2008.
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