Revista web de crítica literaria
| MIRADAS LASTIMERAS NO QUIERO, de Flavia Radrigán |
| Escrito por Carlos Labbé | ||||||
| lunes, 06 de noviembre de 2006 | ||||||
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MIRAR A OTRA PERSONA
En términos formales, el texto dramático que da el título a Miradas lastimeras no quiero hace posible leer un intento de involucrar de manera consistente la estructura y la textualidad. Lo primero es arriesgarse, mediante el formato del monólogo, a poner en duda esa verosimilitud que produce la delimitación de personajes, el diálogo entre ellos y la consecuente pasividad del lector-espectador en el desenvolvimiento de la dramaticidad. Lo segundo es establecer cierta expectativa de integridad entre el discurso didascálico del texto dramático ("Entra una mujer de rodillas [con] un enorme rosario colgando del cuello"), el registro de la protagonista ("Por tu culpa, por tu culpa, por tu grandísima culpa...) y la estructura dramática de progresión aristotélica que toma su relato. Sin embargo, esta expectativa desde el comienzo también es erosionada por tenues dislocaciones retóricas que se van haciendo paulatinamente más ostensibles: el discurso de la protagonista está poblado de referencias y fórmulas lingüísticas provenientes del registro católico popular, registro que es constantemente autosaboteado por una sintaxis repleta de puntos suspensivos, un léxico festivo, coprolálico y melodramático, así como una permanente duda y corrección en medio del relato de la protagonista ("no, eso no funciona", "¿dónde iba?", "no, mejor te lo muestro después, no me vaya a ir en la volá"). Lograda la sensación textual de que hay algo insincero en el monólogo, el lector alerta comienza a notar una continuidad entre las marcas dubitativas del discurso del personaje -que en su mayoría se trata de puntos suspensivos- y la aparición del discurso extradiegético de las didascalias que describen directamente la acción, las cuales en su mayoría denotan estaticidad e interrupción temporal ("Pausa", "Se detiene", "Se para", "Duda" son las didascalias usuales). Es esta continuidad entre discurso actoral y discurso dramatúrgico la que permite resumir la anécdota de este texto dramático en una cita: "Nunca supe por qué había cortado tan brutalmente nuestro amor... No, no esta historia es muy difícil muy intrincada, me volé mucho, no me llena no me entretengo. (Mira) [...] Siempre me pasa lo mismo, si lo que me encargaron era que hiciera un vestuario, no que me lo pusiera y empezara a decir leseras, es que fui a ver a Marlon y no estaba, claro, cómo iba a estar si también se fue hace retanto tiempo, entonces me puse a trabajar..." (22) A partir de esta cita es posible figurarse una síntesis de la anécdota implícita al monólogo: la protagonista es una mujer que intenta espantar su soledad contándose historias de amor a partir de los trajes que le mandan a hacer y los galanes que ve en la pantalla del cine. Pero la reducción de este texto dramático a su anécdota no es posible dado el riesgo expresivo que toma, cuyo mérito es acercarse tanto a la relevancia de la experiencia literaria en un mundo donde todo es signo -la plenitud comunicativa que por un instante sucede entre narrador, mundo narrado y lector- como a la intensidad de la experiencia teatral -la plenitud experiencial que durante la función comparten dramaturgo, compañía y público-, cuando el monólogo logra una reciprocidad expresiva entre el contenido del discurso de la protagonista, sus formas retóricas, su discurso dramatúrgico, su estructura y su ideología. Llama la atención el verbo que ocupa la única didascalia que aparece en el párrafo citado: "mira". No en vano titulado Miradas lastimeras no quiero, este texto se pregunta qué es la dramaticidad, qué da sentido a la acción y la vida de una persona para que ésta se sienta desdichada o plena, para cuya respuesta desarrolla una analogía entre el proceso de vestirse, el de actuar y el de hablar como elaboraciones, fingimientos, invenciones que los seres maquinan para llamar la atención de otros seres humanos, para sentirse acompañados. Sin embargo, la conclusión del texto es que esta compañía durará lo que dura la mirada del otro -no en vano teatro significaba mirar a otra persona en griego antiguo-, y produce cierto cansancio pensar que sólo mientras actuemos, mientras produzcamos nos vamos a sentir acompañados, como si la gratuidad -el amor- no fuera de este mundo.
*Este análisis fue publicado originalmente en Archivodramaturgia.cl
MIRADAS LASTIMERAS NO QUIERO. Flavia Radrigán. Editorial Ciertopez. Santiago, 2006.
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