Revista web de crítica literaria
| EN BUSCA DEL LORO ATROFIADO, de Roberto Merino |
| Escrito por Carlos Labbé | ||||||
| lunes, 30 de enero de 2006 | ||||||
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POR UN TÚNEL NEGRO Y RÁPIDO
Por un momento, cuando el vagón seguía a toda velocidad en el túnel negro, el tiempo, el espacio y el libro eran solamente la brevedad, soltura, gracia, melancolía y vergüenza de Roberto Merino frente a su computador, declarando que nunca ha "sido partidario de darle a la escritura un carácter dramático, porque la entiendo más bien como un destilado del pensamiento y la conversación". Por un momento coexistían el metro repleto de gente en verano, mi propia persona y también Merino sentado en la ventana de su antigua casa frente al cerro Santa Lucía, de madrugada, describiendo el silencio de una ciudad como el instante en que los ruidos articulan una melodía, la de esa canción que suena sin parar en la cabeza de uno como un oráculo; para que páginas después la actividad incesante de la ciudad o la acumulación sensorial del zaping televisivo también fueran defendidas por el cronista como necesarias interrupciones del pensamiento, desconcentraciones que llevarían con mayor intensidad hacia el interior del narrador que toda la placidez del campo y la sabiduría moral de la alta cultura. Simultáneamente, también, yo dejaba la lectura misma para entender la raíz griega de la palabra crónica, escritura de chronos, escritura temporal, redacción del tiempo. Por un momento todo es breve, ágil, fugaz. El mismo cronista señala que comenzó a redactar tantas veces en su cabeza a partir de la contemplación de los pasajeros del metro que iban a su lado; hoy yo también soy pasajero, y no hay lugar para otra certeza en este tiempo. Pero me gustaría también leer la novela que Roberto Merino escribiría frente al mar o en la cima de una montaña, además de la que escribió en el cerro Santa Lucía. Preguntarle cómo cree que se podría escribir un enfrentamiento con la muerte. Mientras tanto, me doy cuenta que a la descripción del pasillo por donde caminamos debiera agregar las láminas de otros espejos, hasta que incluso diera la impresión de que no se puede caminar a través de él. El reflejo de lo extraordinario, por ejemplo. Existe un loro atrofiado -señala nuestro cronista- un pájaro que no puede volar y que camina a duras penas. Los estudiosos no se explican su sobrevivencia; acaso se les olvida que los loros pueden imitar a los humanos, cuando hablan.
EN BUSCA DEL LORO ATROFIADO. Roberto Merino. JC Sáez Editor. Santiago, 2005.
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